El programa Horizonte 2020: contexto, prioridades y características

Tras el fracaso de la Estrategia de Lisboa (entre cuyos objetivos estaban un 70% de empleo antes de 2010 o alcanzar un nivel de gasto de 3% del PIB en I+D+i) la Unión Europea se planteó que había que plantear una nueva tanda de políticas públicas que esta vez tenían como objetivo prácticamente único la salida de la crisis. La propuesta fue la Estrategia 2020, que plantea una nueva economía social de mercado sostenible, el fomento de la innovación, un mejor uso de los recursos y la economía del conocimiento como pilar fundamental. Nótese que apenas hay diferencias entre los objetivos marcados por ambas estrategias, si exceptuamos el peculiar y curioso concepto de “economía social de mercado sostenible”.

Horizonte 2020 nace de la Estrategia 2020 y comparte con ella objetivos, aunque sus prioridades se establecen de forma más concreta:

  • Excelencia científica. Queda patente la necesidad de atraer jóvenes investigadores para el mañana y que la UE debe invertir en las infraestructuras de investigación. El presupuesto se divide en ERC (European Research Council), tecnologías emergentes y futuras, acciones Marie Curie e infraestructuras de investigación.
  • Liderazgo industrial. La innovación como mantra, puesto que se consagra una tecnología que debe estar orientada al mercado. La financiación de esta prioridad se divide en LEITs (Leadership in enabling and industrial technologies), financiación de riesgo e innovación en pymes.
  • Desafíos sociales. Ciencias sociales y a otras temáticas orientadas a la innovación y a la transferencia de tecnología.

Entre las características más interesantes que encontramos en este nuevo programa con respecto al anterior Programa Marco encontramos una ampliación de las temáticas, lo que puede ser una oportunidad para proyectos que antes eran muy difíciles de encajar. Pero también se abre un poco más a la cooperación internacional aceptando distintos tipos de socios y se otorga un papel de mayor peso a las PYMEs. Sin embargo, las novedades de mayor interés parecen ser la simplificación de los procedimientos y gestiones, la unificación de todos los fondos europeos destinados a la I+D+i, que incluye los actuales Séptimo Programa Marco (FP7), el Programa Marco para la Competitividad y la Innovación (CIP) y el Instituto Europeo de Innovación y Tecnología (EIT); y la simplificación del rango de porcentajes de financiación para diferentes beneficiarios y actividades junto con el establecimiento de un porcentaje único para calcular los costes indirectos.

El mayor peso de la innovación tiene su plasmación en una valoración mayor del impacto sobre la implementación, lo que probablemente exigirá un mayor esfuerzo en la propuesta por explicar cuáles son los beneficios que el proyecto va a tener para la ciudadanía europea. Pero también en la visibilidad y valoración de otras formas de innovación no tecnológicas y basadas en procesos, servicios o diseños, lo que abre un espacio interesante para la innovación social.

La cuestión es que todos estos buenos propósitos dependen en buena medida de la capacidad de la Unión Europea para poner en práctica estas políticas, pero sobre todo del compromiso de los estados miembros para tomar medidas a nivel nacional y ser capaces de aprovechar instrumentos comunitarios como Horizonte 2020. Y eso, dada la situación actual ya parece más complicado…

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